En la casa chorizo de la calle San Luis 338 hay hasta una terraza preparada para captar los rayos de sol que precisa la fotografía estenopeica y que escasean en esa zona del barrio Sur de San Miguel de Tucumán donde los desarrollos inmobiliarios en altura se apropiaron del cielo. De hecho con un taller de aquel oficio surgió la idea de construir la pérgola que ahora también se usa para las capacitaciones de huerta. Todo es así en la sede de Tamañoficio, un emprendimiento educativo y artístico con más de 100 alumnos y cursos con cupos colmados con el que se puede imaginar cuán hermosa sería la provincia si sus habitantes se pusieran a restaurarla con cariño.

Para dimensionar el trabajo invertido en esta factoría cultural independiente en marcha desde 2014 basta con mirar las manos curtidas de Alejandro Fanlo, director cofundador y maestro de carpintería, una de las propuestas más populares de las muchas que conforman Tamañoficio. “Es un lugar absolutamente pensado y diseñado para las disciplinas que se imparten aquí, y con la idea de que entre ellas surjan interacciones y solapamientos”, cuenta. Los cuartos abiertos de la casona, que se transforman en función de las necesidades, tornan inevitables los encuentros. “En los pasillos pasa de todo. Creemos en eso y lo empujamos desde hace nueve años. Tenemos la suerte de poder trabajar aquí. Es un universo que nos hemos inventado entre amigos y colegas”, relata Fanlo.

Hace poco, Tamañoficio dio un paso y se formalizó como fundación. Pero llegó hasta donde llegó con el esfuerzo y el deseo de la comunidad que, con distintos roles, alimenta el proyecto. “Se sostiene solito: es autosustentable”, explica el director. Tamañoficio paga salarios docentes y cuentas mientras da soporte a la producción y exhibición de obras de creadores locales con la modalidad de la residencia artística. Sin esconder su alegría por lo conseguido, Fanlo asegura que se puede hacer muchísimo más. Los planes y los gatos deambulan a sus anchas por los corredores de esta vivienda de 1925.

Espacio docente

Un rótulo diminuto colocado en el botón del timbre es toda la cartelería que, desde la vía pública, identifica a Tamañoficio. Ese detalle es la primera de las muchas sutilezas que cultiva este proyecto. Después de vivir alrededor de cinco años en Barcelona, Fanlo encontró la casa ideal para albergar la enseñanza y el aprendizaje de oficios, y, como quien planta una bandera, en el fondo montó su taller de carpintería. De entrada el menú de Tamañoficio se amplió a la fotografía, la cerámica, el tejido y el grabado con su vinculación particular a las artes visuales y escénicas. “Nos parecía importante compartir el recorrido que teníamos en las disciplinas en las que habíamos echado tantas horas. Y coincidíamos en que muchos saberes y conocimientos se perderían si se trabajaba en soledad. Sabíamos que esto podía ser muy valioso en una ciudad que por momentos es tan compleja y agreste con los proyectos culturales que se emprenden. Confiábamos en que el espacio nos iba a ayudar, como un docente más, a transmitir el patrimonio inmaterial”, explica.

En Tamañoficio nadie se para a dar una clase magistral, sino que se practica con el fin de entrenar habilidades que eventualmente permitan crear otros emprendimientos. A Fanlo también le gusta hablar del establecimiento como una plataforma que da vida a nuevos proyectos. Al respecto, expresa: “su nombre lo dice todo: queremos enaltecer eso que nosotros consideramos importante para la sociedad y que a veces sucede a puertas cerradas en un taller”.

Feliz con un pincel

Hoy Tamañoficio es una usina de posibilidades con sus clases de escultura, dibujo, pintura, cocina, escritura poética, bordado, fotografía… Cada taller funciona como una especie de miniclub con su impronta propia. “Muchas veces las personas que ingresan a Tamañoficio se dan cuenta de que es posible plantear en Tucumán proyectos que se imaginan para otros lugares”, apunta Fanlo. Y agrega que el clima creativo logrado en la calle San Luis anima a buscar esos lugares de la cultura a los que todos quisieran ir.

El ejemplo de eso es la vitrina que contiene y presenta el trabajo de Aníbal Aparicio, docente y artista residente de Tamañoficio al que Fanlo define como uno de los orgullos de la institución. “Comenzó en 2015 e hizo la ‘carrera’ de los talleres, y ahora está vendiendo obras. Su trabajo es muy potente y profesional: confluyen ahí bellamente la artesanía, la fotografía, el vestuario… la mixtura de disciplinas en la que creemos”, describe.

En el taller de carpintería sucede que algunos encuentran una veta y, por ejemplo, se ponen a fabricar juguetes. Otros se inclinan por las tablas de asado. Otros hacen artefactos de iluminación. Las inquietudes son tan diversas como el público. Fanlo relata que algunos alumnos ingresan a Tamañoficio para escaparse de la angustia, de las prisas y de la inmediatez: “cuando llegan a esta casa donde el tiempo parece detenido al principio les cuesta un poco, pero, después, van entendiendo su dinámica y aprecian la importancia de regalarse tres horas semanales para transformarse en actores de su propia vida”.

Tamañoficio ofrece el primer empuje para hacer experiencias de diseño y construcción de piezas, lo que a menudo implica romper barreras y prejuicios. Y tanto maestros como alumnos se dan la oportunidad de abordar los oficios como algo accesible para los seres comunes. Así es que, personas que nunca tocaron una herramienta, de repente se encuentran cómodas y felices con una aguja de tejer, un pincel o un martillo.

Romántico y viable

Si bien Fanlo dice que su estancia en Barcelona no tuvo un significado especial en la concepción de Tamañoficio, sino que sólo fue una experiencia cronológica anterior, precisa que a él le encanta Tucumán y que se lanzó a emprender aquí porque le interesa que la provincia sea un lugar mejor. “No es que en Barcelona yo encontré algo y copié ese formato: sólo me animó a volver con una identificación de las posibilidades que ofrece esta ciudad. Tucumán incurre muchas veces en la copia: no estoy de acuerdo con eso”, opina. Agrega que en 2014, cuando comenzó la historia de Tamañoficio, mucha gente le decía que no iba a funcionar: “me hablaban de algo inviable, nostálgico y muy ‘romántico’. No confiaban en que los seres humanos también necesitamos un tiempo para encontrarnos desde otro lugar, reflexionar y materializar ideas”.

A Fanlo le llama la atención la desaparición de la habilidad para reparar las cosas que se rompen en el hogar, pérdida que en alguna medida equivale a dejar de preguntarse qué hay detrás de los objetos. Para él eso fue siempre uno de los costados más grandiosos de la vida. Hijo de un arquitecto que llegó a ser director del Instituto Técnico de la Universidad Nacional de Tucumán, Horacio Fanlo, y de una profesora de Física, María del Carmen Arias, egresó de otra escuela universitaria, el Gymnasium, pero de noche se iba a aprender carpintería donde trabajaba su papá. Y esas búsquedas lo llevaron a estudiar Arquitectura y Biotecnología, y a recibirse de profesor de Química. “La enorme cantidad de disciplinas que se solapan en este espacio son una mezcla que refleja mi historia porque trabajé como montajista para artistas, como escenógrafo, en el departamento de arte de películas… La construcción siempre me sedujo”, enumera. Sobrino de un tío abuelo que tenía un taller de carpintería, Fanlo manifiesta que siempre sintió debilidad por esos rincones para la creación y el ensayo. Y cuenta, por ejemplo, que él y sus hermanos una vez prefirieron quedarse pintando las rejas de su casa antes que salir de vacaciones.

La restauración lo buscó y vaya que lo encontró. A los 42 años dice con certeza en el patio de Tamañoficio que él y su equipo recuperaron y acondicionaron que, con la dedicación debida, sí se puede emprender en el ámbito de la cultura. “La verdad es que es un proyecto que trae muchísimas satisfacciones. Sí se puede hacer algo como Tamañoficio en Tucumán. Por supuesto que sería increíble que el Estado ayudara, pero, más allá de eso, sí se puede”, repite. Él no quiso hacer otra cosa que no sea trabajar en lo que trabaja. Su suerte es que sabe que abre la puerta y halla un mundo de estímulos compartidos donde se siente a gusto y realizado. El trabajo es duro, pero la palabra “sacrificio” no forma parte del diccionario de quienes cuidan el “altar” de los buenos oficios.

La receta de Tamañoficio

- Formar y experimentar con los oficios, y las artes visuales y escénicas.

- Generar una plataforma para el despliegue del talento y de proyectos nuevos.

- Fomentar la interacción de disciplinas.

- Concebir al espacio de trabajo como un docente más.

- Desarrollar en Tucumán las iniciativas culturales que se imaginan para otros lugares.
***
El emprendimiento en Instagram: @tamanoficio